Freud escribió El malestar en la cultura en una Europa que empezaba a resquebrajarse, años antes de que el nazismo lo obligara a huir de Viena. No es un dato decorativo. El libro habla de la agresión que llevamos dentro y de lo que le cuesta a la civilización mantenerla contenida, mientras el continente entero se preparaba para mostrar hasta dónde llega esa agresión cuando deja de estarlo. Freud lograría escapar en 1938. Cuatro de sus hermanas no.
Lo escribió, además, ya enfermo del cáncer de mandíbula que lo acompañaría los últimos dieciséis años de su vida, sometido a decenas de cirugías, con una prótesis en el paladar que le dificultaba hablar y hasta masticar. No hace falta psicoanalizarlo para notar que la lucidez sin consuelo del libro no es ajena a las condiciones en que fue escrito.
El título original en alemán, Das Unbehagen in der Kultur, es más preciso que su traducción. Unbehagen no es sufrimiento ni catástrofe. Es una incomodidad de fondo, algo que no te deja del todo tranquilo aunque nada grave esté pasando. Esa palabra describe mejor lo que Freud quiere señalar: no una crisis puntual, sino un estado permanente de bajo malestar que viene incluido en el hecho de vivir en sociedad. No es una falla del sistema. Es el sistema funcionando como está diseñado.
La tesis no promete nada, y por eso incomoda. Freud no dice que la felicidad sea posible si hacemos las cosas bien. Dice algo más difícil de aceptar: que la civilización, la misma que nos da lenguaje, arte, medicina y la posibilidad de vivir junto a otros sin destrozarnos, nos exige renunciar a una parte de lo que somos. Y esa renuncia no se disuelve. Se queda adentro, convertida en culpa.
Diez años antes, en Más allá del principio del placer, Freud ya había propuesto algo que incomodó incluso a sus propios discípulos: que junto al impulso de vida convive un impulso igual de poderoso hacia la destrucción. En El malestar en la cultura lleva esa idea a su terreno más difícil de sostener. Cada vez que reprimimos un impulso agresivo para poder convivir con otros, ese impulso no desaparece. Se transforma en una fuerza que se vuelve contra nosotros mismos. Freud le llamó superyó. Tú lo conocés, probablemente todos los días, como esa voz que te castiga por cosas que ni siquiera hiciste.
Ahí está la pregunta que abre el libro y que sigue sin respuesta: si lo que queremos es ser felices, ¿por qué construimos, una y otra vez, las condiciones exactas para no serlo?
Es tentador responder rápido. Falta de voluntad, mala suerte, la persona equivocada, el trabajo equivocado. El psicoanálisis freudiano ofrece una respuesta menos cómoda: no hay un culpable externo que resolver ni una técnica interna que aplicar. Hay un mecanismo. Y ese mecanismo no se apaga porque lo identifiques una vez, ni porque leas el libro correcto.
Freud le dio un nombre a este patrón: compulsión de repetición. La idea es tan simple como perturbadora. No repetimos lo que nos duele por accidente ni por mala memoria. Hay algo en el aparato psíquico que insiste en volver a la escena del conflicto, una y otra vez, como si esta vez pudiera resolverse distinto, aunque el resultado consciente sea siempre el mismo: volver a vivir el mismo daño. No es que el pasado se repita porque no aprendemos. Es que una parte de nosotros no busca aprender. Busca repetir. Y en esa repetición hay una satisfacción que el deseo consciente de ser feliz no logra explicar ni contener.
Piensa en la última vez que tuviste todo para estar bien y aun así encontraste la forma de arruinarlo. La relación que sí funcionaba y que empezaste a sabotear sin poder explicar por qué. El proyecto que llevabas meses posponiendo aunque sabías exactamente qué hacer. El descanso que te ganaste y que no lograste disfrutar sin culpa. La discusión que ibas ganando y en la que, de pronto, dijiste exactamente lo que sabías que más iba a doler, incluyéndote a ti. Freud no lo hubiera llamado autosabotaje. Lo hubiera llamado lo que es: el precio interno de vivir en sociedad, cobrado en la moneda equivocada, contra la persona equivocada. Contra ti.
Ahí está, por ejemplo, en el patrón de pareja que se repite con distintos nombres pero con el mismo desenlace. No es que falten opciones distintas. Es que algo en la elección, mucho antes de que puedas razonarla, ya está buscando la escena conocida, aunque esa escena sea justo la que te ha dolido antes. La compulsión no elige lo que te conviene. Elige lo familiar, y a veces lo familiar es exactamente lo que te hace daño.
Esto no es un defecto tuyo. Es estructural. Freud está describiendo algo que le pasa a cualquiera que viva dentro de una cultura, no un síntoma que te distingue del resto. La diferencia no está entre quienes lo sienten y quienes no. Está entre quienes tienen un espacio para pensarlo y quienes lo cargan en silencio, atribuyéndoselo a un carácter débil o a una mala racha.
La misma agresión que Freud describe hacia adentro también encuentra salidas hacia afuera, y ahí la cultura actual ofrece material de sobra. El linchamiento colectivo en redes, la satisfacción rápida de señalar el error ajeno, el desahogo de una opinión furiosa sobre alguien que no conocemos: son la otra cara de la misma moneda. Cuando la agresión no se vuelve contra uno mismo en forma de culpa, muchas veces se descarga hacia afuera en forma de juicio. Freud no llegó a ver internet, pero describió con precisión el mecanismo que la hace funcionar así de bien.
Cien años después, seguimos vendiéndole a esa incomodidad la misma solución equivocada: más optimización, más productividad, más pasos hacia una versión mejor de ti mismo. Ninguna de esas promesas resuelve lo que Freud señaló, porque no es un problema de método. La cultura del bienestar asume que la felicidad es un objetivo alcanzable si organizas bien tu tiempo y tus hábitos. Freud diría que ese malestar de fondo no se organiza. Se administra, en el mejor de los casos, con más honestidad de la que solemos permitirnos. Y a veces ni siquiera eso, porque la exigencia de "trabajar en ti mismo" puede volverse una forma más sofisticada del mismo superyó que Freud describió: ahora te castigas no solo por lo que hiciste, sino por no estar lo bastante sanado.
El libro no se queda en lo individual, y esa es la parte que menos se cita. Hacia el final, Freud se pregunta, a escala de toda la civilización, si el impulso de vida logrará contener al impulso de destrucción que le es igual de propio. Lo escribió viendo cómo Europa acumulaba el mismo malestar que describe en cada persona, multiplicado por millones, a punto de encontrar una salida que la historia ya conoce. No es casualidad que el título hable de la cultura y no solo del individuo. Lo que pasa adentro de una persona, para Freud, no es distinto en naturaleza de lo que pasa adentro de una sociedad entera. Es la misma tensión, en otra escala.
Lo que un espacio de análisis ofrece frente a esto no es una cura ni una fórmula para desactivar la culpa. Es un lugar distinto: uno donde esa repetición, en lugar de actuarse una vez más en automático, se puede mirar de frente, ponerle palabras, y empezar a entender de dónde viene la escena que insistes en repetir. Eso no la elimina. La vuelve, al menos, un poco menos ciega.
Nada de esto es una invitación a resignarte, ni una excusa para no buscar ayuda cuando el malestar deja de ser de fondo y se vuelve insoportable. Es, más bien, una invitación a dejar de buscar la causa en el lugar equivocado. No en tu falta de disciplina. No en la persona con la que estás. En la estructura misma de vivir junto a otros, que exige una renuncia que ninguna técnica de productividad puede devolverte.
Por eso el libro incomoda tanto hoy como incomodó en 1930. No porque hable de un pasado superado, sino porque describe algo que seguimos sin querer ver de frente: que el conflicto entre lo que queremos hacer y lo que la vida en común nos permite hacer no tiene una salida limpia. Solo tiene grados de conciencia sobre él.
No sé si Freud tenía razón en todo. Sí sé que la pregunta que dejó abierta sigue exactamente donde la dejó. Y que la mayoría de nosotros seguimos actuando como si no existiera, hasta que un día, sin previo aviso, volvemos a hacer exactamente lo que juramos que no íbamos a hacer.
Quizás la lectura que vale la pena no es la que resuelve esa pregunta. Es la que te deja viviendo con ella de una forma un poco menos sola, y un poco más despierto la próxima vez que sientas que algo, otra vez, te empuja justo hacia donde jurabas que no ibas a volver.